-[ aún sin título ]-
septiembre 26, 2007El comienzo de un texto infantil que desa convertirse en álbum ilustrado. Ya me dirán si se quedan picados y si les interesa o no. Abrazos.
Hace poco, sentado en mi escritorio, vi como uno de mis lápices, sucio, pequeño y desolado, lloraba diminutas gotas de grafito. Al comienzo dudé, pero su nostalgia me contagió y terminé formulando una pregunta que no esperé que tuviera respuesta.
Me sorprendió. Apoyado en un papel sucio, se paró de cabeza y empezó a hablarme con palabras suaves y oscuras. Primero, tartamudeó algo tímido, pero poco a poco se relajó y empezó a contarme con afán y emoción, historias sorprendentes de tiempos ancestrales. Historias hermosas y desconocidas de tiempos anteriores al dominio del hombre en el planeta, historias desconocidas de los siglos en que los lápices y los borradores dominaban la tierra.
El lápiz, gastado y anciano –a quién con cariño llamé Dos- , me contó - haciéndose cada vez más y más pequeño- la historia que cambió y terminó la eterna guerra entre ellos y sus enemigos: los borradores.
Esta es su historia.
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Al comienzo de los tiempos existían dos habitantes en el mundo.
Unos eran los Ar-ayon, a quienes ahora conocemos como lápices, una inmensa familia, unida y alegre que se pasaba todo el tiempo creando. Dibujaban árboles para colgar columpios, ríos para adornar los paisajes, casas para vivir en familia, mascotas para jugar con los niños, pinturas para recordar a los ancianos y antepasados. Sobre el blanco de lo aún no creado daban vida constantemente a lo que se imaginaban.
Los otros eran los Dis-raiar, a quienes ahora conocemos como borradores. Eran seres blandos y maliciosos que vivían en la nada. No tenían casas, ni árboles, ni ríos y dormían dándose calor entre ellos o con alguna que otra cosa que les robaban a los Ar-ayon.
No se sabe bien porque, pero los Dis-raiar siempre envidiaron a los Ar-ayon y en las noches, cuando estos se iban a dormir, invadían sus pueblos y sus casas y borraban. Borraban todo lo que podían: los árboles, las mascotas, los ríos. Dejaban todo tan blanco como podían, para que al levantarse los Ar-ayon vieran como desaparecían sus adorados dibujos y creaciones, obligándolos a rehacer sus casas, sus mascotas, sus jardines.
Siempre fue así. Siempre existió una guerra continua entre los Dis-raiar con su envidia y los Ar-ayon con su rencor por la destrucción de sus obras. Pero como siempre, la vida y el tiempo traen situaciones imprevistas que pueden cambiar la historia.
Una noche como cualquier otra, los Dis-raiar se reunieron para tramar su plan de borrado en el pueblo de los Ar-ayon. Organizaron sus estrategias y se fueron todos. Bueno, casi todos. Gomain, uno de los más jóvenes se había quedado dormido y al levantarse vio que los demás ya habían partido sin indicarle qué árboles o comedores o ventanas iban a borrar en aquella ocasión. Entre bostezo y bostezo decidió ir solo esa noche (no tenía nada más que hacer) a ver qué encontraba para borrar.
Llegó al pueblo de los Ar-ayon y entre las sombras caminaba buscando dónde cometer sus travesuras. La panadería no, el cine ya estaba a medio borrar, del supermercado sólo quedaba su cartel…
De pronto vio una bella casa, con enredaderas y detalles que de seguro significaron mucho esfuerzo para sus habitantes. Borró la ventana y entró en la casa. Caminó por el pasillo, borrando un candelabro aquí, un asiento allá y mientras subía por las escaleras borró su barandal.
En el piso de arriba escogió una puerta y la borró. Entró de puntillas y miró el interior. Era el cuarto de una pequeña. La vio dormida en su camita, justo en medio de un cuarto lleno de muñecas y carteles de famosos. Frente a ella, junto al armario, un cuadro de dos Ar-ayones, con un marco de circulitos y triangulitos, colgaba en la pared. Gomain se acercó y mientras lo detallaba, empezó a borrar.
- ¿Quién anda ahí? – dijo la niña intentando prender la lámpara de su nochero.

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