Y se sentó a escribir. Tomó el lápiz, apoyó el brazo sobre el papel y arrancó.
TenÃa los ojos abiertos, empezó a agrandarlos, empezaron a brillar. Luego los cerró, con fuerza, marcando aquellas arruguitas a lado y lado de los ojos. Sus músculos empezaron a endurecerse. Sus venas sobresalÃan, las de su cien palpitaban al cliché de una locomotora. Apretó los dientes, mordiéndose la lengua, provocándose dolor, dejando un poco de vida. Sintió el calor de la sangre y le reconfortó. Levantó la cabeza, mostrando las venas del cuello, tensas. Manchó las hojas con su sudor y el pantalón se le adhirió a las piernas. Sus oÃdos zumbaban como si cien mosquitos voraces le acecharan. Su piel ardÃa, húmeda, cuando empezó a gritar, partiendo el lápiz entre los dedos. Un grito horrible, chirriante, capaz de quebrar vidrios u ojos de gato. Sus mejillas se abrieron, poco a poco, desgarrando la piel y el músculo. La sangre fluyó y el grito gargajeó. ParecÃa un muñeco diabólico con una sonrisa dividiendo su cara en dos, de oreja a oreja. Sonrisa macabra, horrible, frÃa. El grito, nunca oÃdo antes, entraba en los tÃmpanos y les reventaba. PonÃa la piel de gallina a cualquiera a kilómetros de allÃ. El grito seguÃa y seguÃa, absorbiendo su vientre. Levantó los párpados cuando un ojo estalló en su cuenca. El otro salió disparado, imposibilitándole ver como atravesaba la habitación para caer en la pecera, junto a los peces ya muertos.
Al fin terminó su grito. Terminó cuando su cráneo dejó de palpitar para explotar. Todas las paredes, todos los rincones, quedaron untados de sangre, sabidurÃa e ironÃa. Su lengua aterrizó sobre el papel. Aterrizó con la palabra que buscaba escrita sobre ella.
Hong Kong Blood Opera - Hear you scream
TenÃa los ojos abiertos, empezó a agrandarlos, empezaron a brillar. Luego los cerró, con fuerza, marcando aquellas arruguitas a lado y lado de los ojos. Sus músculos empezaron a endurecerse. Sus venas sobresalÃan, las de su cien palpitaban al cliché de una locomotora. Apretó los dientes, mordiéndose la lengua, provocándose dolor, dejando un poco de vida. Sintió el calor de la sangre y le reconfortó. Levantó la cabeza, mostrando las venas del cuello, tensas. Manchó las hojas con su sudor y el pantalón se le adhirió a las piernas. Sus oÃdos zumbaban como si cien mosquitos voraces le acecharan. Su piel ardÃa, húmeda, cuando empezó a gritar, partiendo el lápiz entre los dedos. Un grito horrible, chirriante, capaz de quebrar vidrios u ojos de gato. Sus mejillas se abrieron, poco a poco, desgarrando la piel y el músculo. La sangre fluyó y el grito gargajeó. ParecÃa un muñeco diabólico con una sonrisa dividiendo su cara en dos, de oreja a oreja. Sonrisa macabra, horrible, frÃa. El grito, nunca oÃdo antes, entraba en los tÃmpanos y les reventaba. PonÃa la piel de gallina a cualquiera a kilómetros de allÃ. El grito seguÃa y seguÃa, absorbiendo su vientre. Levantó los párpados cuando un ojo estalló en su cuenca. El otro salió disparado, imposibilitándole ver como atravesaba la habitación para caer en la pecera, junto a los peces ya muertos.
Al fin terminó su grito. Terminó cuando su cráneo dejó de palpitar para explotar. Todas las paredes, todos los rincones, quedaron untados de sangre, sabidurÃa e ironÃa. Su lengua aterrizó sobre el papel. Aterrizó con la palabra que buscaba escrita sobre ella.
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