HabÃa vuelto su rutina de desesperante mortandad. De nuevo su pecho se comprimÃa indistintamente al ver la vida viva y la muerte en vivo. Pensaba bajo el agua de la regadera, entre las sábanas de insomnio, entre las luces de la fiesta. Convencido de nunca lograr una respuesta seguÃa divagando en silencio, pensando tal vez si asà fue la vida de algún filósofo cuyo nombre enseñen en la escuela. Creaba conclusiones, descargaba videos de una y otra teorÃa: big bang, teorÃa de cuerdas, relatividad... Buscaba comentarios y testimonios del cordón de plata, de la presencia dual de algún tibetano, de la inconsistencia del tiempo, de muertes clÃnicas revertidas. Le dio a la consciencia una fuente y razón netamente casual, un juego de la materia, lo único que sin razón alguna se atreverÃa a decir que existe. Y fue diluyéndose en su propia vida sin retorno que encontró a Dios en la vitrina de una tienda. Lo saludó y entabló una amable conversación en la que Él aseguraba que sà existÃa, que andaba cerca siempre, es más, que siempre estaba en todo lugar. Habló con Él hasta que la luz de los postes y carros reemplazara la del dÃa. Habló con Él hasta que se dio cuenta que hablaba consigo mismo.
Ella podrÃa decir que su sima estaba ardiendo, pero él no harÃa más que buscar un termómetro.
Quisiera sacudirse las hojas amarillentas de aquellos caballeros de armadura oxidada que tanto le han dificultado morir junto al rÃo, comerse las migajas que dejaron los niños en el bosque y darle un bocado a esa barbacoa de bruja que tanto le hace salivar.
Desea disfrazarse de camello y engañar a Balthassar para que la monte, ser la sonrisa de Cheshire para jugar traslúcida bajo las faldas de Alicia. Añora el orgasmo de lágrimas, el dolor ceniciento del clÃtoris, el asomo de una lesión por sus arcadas.
Y sus dedos
Sus anhelos
Los roces
Sus fantasÃas
Los apretones
Los minutos
Las posiciones
Los comerciales
logran que llore, con una almohada atrapada entre las piernas, sin alcanzarlo.
Quisiera sacudirse las hojas amarillentas de aquellos caballeros de armadura oxidada que tanto le han dificultado morir junto al rÃo, comerse las migajas que dejaron los niños en el bosque y darle un bocado a esa barbacoa de bruja que tanto le hace salivar.
Desea disfrazarse de camello y engañar a Balthassar para que la monte, ser la sonrisa de Cheshire para jugar traslúcida bajo las faldas de Alicia. Añora el orgasmo de lágrimas, el dolor ceniciento del clÃtoris, el asomo de una lesión por sus arcadas.
Y sus dedos
Sus anhelos
Los roces
Sus fantasÃas
Los apretones
Los minutos
Las posiciones
Los comerciales
logran que llore, con una almohada atrapada entre las piernas, sin alcanzarlo.
Y sÃ. No se le ocurre más que escribir unas cuantas incoherencias banales con tanto significado que le suenan absurdas. Parece ser, que en momentos circunstanciales, algunas almas virtuales se apiadan de su ingratitud y se animan, aún recordando cuanto detesta ser animado, a invocar esas absurdas e incoherentes palabrerÃas que él olvida antes de publicar.
En este momento cabalga en los ritmos de Soulwax, y se pretende parte del fin de semana. Curiosamente escribe exactamente lo que está usted leyendo en este instante.
Apuesta su vida a una certeza enorme: usted está frente a una pantalla de computador, nada más y nada menos que, leyendo. Y con la pequeña ganancia que recibe de tan fiera realidad, apuesta un quinto a la posibilidad de meterse en sus ojos de lector inconsciente. Cree que le conoce, que el seguir usted aquà significa que por dentro, detrás de su mirada silenciosa y sonrisa fluctuante, él ha pasado al menos unos cuantos minutos acampando en silencio. Entonces, se da cuenta usted, desafanado lector, que es cierto y que usted (escribe él disculpándose por la redundancia) y él vienen siendo lo mismo. Por lo tanto, la angustia que carcome los huesos, la existencia imposible y la espontaneidad de la materia se funden detrás de todos los estómagos y nos provocan esas arcadas indolentes que no hacen más que recordarnos que estamos vivos.
Ahora, ya que que hemos recordado nuestra existencia (?) e ignoramos, con poca esperanza, lo que pasará después del último presente, usted dejará de leer e inexplicablemente él deja de escribir.
En este momento cabalga en los ritmos de Soulwax, y se pretende parte del fin de semana. Curiosamente escribe exactamente lo que está usted leyendo en este instante.
Apuesta su vida a una certeza enorme: usted está frente a una pantalla de computador, nada más y nada menos que, leyendo. Y con la pequeña ganancia que recibe de tan fiera realidad, apuesta un quinto a la posibilidad de meterse en sus ojos de lector inconsciente. Cree que le conoce, que el seguir usted aquà significa que por dentro, detrás de su mirada silenciosa y sonrisa fluctuante, él ha pasado al menos unos cuantos minutos acampando en silencio. Entonces, se da cuenta usted, desafanado lector, que es cierto y que usted (escribe él disculpándose por la redundancia) y él vienen siendo lo mismo. Por lo tanto, la angustia que carcome los huesos, la existencia imposible y la espontaneidad de la materia se funden detrás de todos los estómagos y nos provocan esas arcadas indolentes que no hacen más que recordarnos que estamos vivos.
Ahora, ya que que hemos recordado nuestra existencia (?) e ignoramos, con poca esperanza, lo que pasará después del último presente, usted dejará de leer e inexplicablemente él deja de escribir.
Hay unas cuantas avestruces pardas volando afuera del departamento. Cruzan el marco de la ventana exactamente a la misma altura y a la misma velocidad. Al mirarme una detrás de otra, con ese efecto de pelÃcula vieja o animación cuadro a cuadro, parecen buscar que derrame una lágrima en la soledad. Esas inmensas pestañas, esos inmensos ojos, de brillo hipnótico y con lagañas de óleo pastoso arremeten contra mi pecho de manera hexagonal y anónima. Los cienpiés que albergan mis venas se han vuelto canosos y desprenden su humo de tabaco por mis fosas nasales.
Un whiskicito, barato y ácido se deja extrañar en la parte oculta de mi lengua.
El aleteo cesa y los ojos secos carentes de párpados deciden mirar hacia adentro y olvidarse de la ventana. La noche es más obscura en el interior, los gusanos están borrachos y la sangre de famoso fotografiado parece eructar en un rincón del esófago. La contaminación visual, las inmensas vallas de perfumes y pelÃculas luchan a bastonazos y machetazos contra los caballetes de talleres con textos mal escritos.
Llueve. Llueven pequeños trozos de papel, pedazos de libros, textos escolares y servilletas que la tormenta del olvido decide liberar dentro de mÃ.
Y allá en el fondo, olvidado por el resto de los fantasmas parezco vislumbrarme. Ciego y derrumbado frente a la silla de ruedas escarbo en el cemento de mi vientre, buscando alguna hormiga que se atreva a clavar sus colmillos en mis manos antes que mis torpes manos la aplasten.
Grito esporádicamente, llamando al caballo del llanero solitario o escupiendo una batiseñal en busca de un atisbo de correspondencia interna.
Bajo el farol de las gónadas, detrás del tumor en el hÃgado, puedo ver las cicatrices que se asoman inquietas. Sombras más oscuras que la noche, suma de penumbras asfixiadas que añoran las pequeñas cadenas de plata que cuelgan de mis bolsillos.
El reflejo de la noche en mis retinas altera a los pequeños Salvadores Gaviota que insisten ahora en estrellarse contra mis córneas. Encandilados por el atisbo de realidad clavan sus picos una y otra vez en mis ojos.
Me obligan a voltear la mirada de nuevo.
Los ojos siguen secos.
Un whiskicito, barato y ácido se deja extrañar en la parte oculta de mi lengua.
El aleteo cesa y los ojos secos carentes de párpados deciden mirar hacia adentro y olvidarse de la ventana. La noche es más obscura en el interior, los gusanos están borrachos y la sangre de famoso fotografiado parece eructar en un rincón del esófago. La contaminación visual, las inmensas vallas de perfumes y pelÃculas luchan a bastonazos y machetazos contra los caballetes de talleres con textos mal escritos.
Llueve. Llueven pequeños trozos de papel, pedazos de libros, textos escolares y servilletas que la tormenta del olvido decide liberar dentro de mÃ.
Y allá en el fondo, olvidado por el resto de los fantasmas parezco vislumbrarme. Ciego y derrumbado frente a la silla de ruedas escarbo en el cemento de mi vientre, buscando alguna hormiga que se atreva a clavar sus colmillos en mis manos antes que mis torpes manos la aplasten.
Grito esporádicamente, llamando al caballo del llanero solitario o escupiendo una batiseñal en busca de un atisbo de correspondencia interna.
Bajo el farol de las gónadas, detrás del tumor en el hÃgado, puedo ver las cicatrices que se asoman inquietas. Sombras más oscuras que la noche, suma de penumbras asfixiadas que añoran las pequeñas cadenas de plata que cuelgan de mis bolsillos.
El reflejo de la noche en mis retinas altera a los pequeños Salvadores Gaviota que insisten ahora en estrellarse contra mis córneas. Encandilados por el atisbo de realidad clavan sus picos una y otra vez en mis ojos.
Me obligan a voltear la mirada de nuevo.
Los ojos siguen secos.
Noche en desvelo, canina en contracciones. A la luz del celular una bolsa se avista en la vulva. Contracciones, pujes, horas, cambio de linterna-celular por camaradigital-linterna. Estira la vulva, aprieta el estómago, descansa jadea y la bolsa-topo se asoma y se regresa. Teléfono de urgencia, posible cesárea, cita en una hora. Una hora. Taxi, can en toalla y humanos esperando en la escalera de un edificio. Llega el sabio y su enfermera. Revisión. Por la vulva se asoma una oreja que va y viene al ritmo contraÃdo del abdomen. Ojalá, con poca probabilidad, que no haya muerte. Urgencia lenta, preparación de quirófano. Perra en dos patas para depilar. (ruido de máquina eléctrica). La oreja se ve más. Último intento, se asoma más, último intento, parece que sale, último intento, apretando y jalando sale la cabeza, espasmo de dolor, último intento, último intento, último intento con dedos jalacabezas, último intento, cuerpo fuera, espasmote de dolor. Revientan bolsa, llena de mierda, primer respiro, vivo, macho. Placenta dentro, cero pujes. Minutos. Placenta dentro. Cortar cordón, hacer cesárea. Esperar, limpiar cachorro, esperar, limpiar cachorroesperarlimpiaresperarcerociagarrolimpiarcachorroesperar. Ya salió, quieto. Anestesiado, dormido, juegan danza con él, tubos, palmadas, sobadas. Respiros, hembra. Organos fuera, madre can cubierta. Coser, limpiar, pagar. Taxi. Tres perros en el hogar.



Muerto sigo, buscando la lira que me saque del abismo. Lejanas se escuchan las palabras del comandante Ñerov, pero calan como picahielo de bajos instintos en cada esfÃnter. Cada dÃa se aparece, por la ventana intermitente de los segundos, la esperanza de terminar el recorrido de lo debido, del mundo capitalista, del emprendedor empalado. Los cerebelos andan en disputa mortal, el mamÃfero hipotálamo se jacta de su imparcialidad bebiendo a estragos la hiel del dÃa. Sigo, sigo, sigo soñando, no cabe duda, aunque las noches se pasan en negro, aún recuerdo lo que es eso. Vergüenza ya no tengo y grito con trompeta de tabaco que pronto, pronto, tiraré a la basura la comida privilegiada y me alimentaré de letras desquiciadas.
Con la muerte apuntalando en cada colmillo no puedo esperar que la nada me atrape vacÃo.
Carlos Colmillo anda por ahÃ, buscando entre las nostalgias una ventana que le permita abandonarlas. En el yeso de las paredes no ve más que gemelos de minutos: sonrisas estáticas llenas de sarcasmo. De su nariz dos lineas congeladas, detrás del plomo de sus bigotes un par de labios ensangrentados. Cada pulmón exhala un hedor que empaña sus gafas y el crujir de las cucarachas se confunde con el chirriar de sus dientes.
Carlos Colmillo es un gran personaje. Habita este mundo y recuerda continuamente que la vida no existe. "Una pantalla" dirÃa de vez en cuando, "un sueño de la nada" en otras ocasiones. Camina encorvado con la felicidad de su infancia; por los pliegues de su cuerpo se escurren recuerdos en tercera persona.
De que sirve la memoria, para qué acabar con la escoria es el verso que repite de una canción hace años inventada. Él dice que camina, pero sabe que no va a ningún lado. Cuando acaricia un perro no puede evitar la dramatización mental de su último aliento: el cerrar los ojos y no volverlos a abrir, el nunca inflar el pecho de nuevo.
Le duele cada segundo, pero tiene una gran resistencia al dolor. ¡Es más!, prefiere morir lenta y dolorosamente que tan sólo dejar de existir. Algunos dicen que es un tonto, otros que es alguna clase de sabio, pero todos le llaman Carlos Colmillo, porque su hambre... ¡Ay!, su hambre no tiene par.
Tengo un cigarrillo en el corazón, de filtro quemado y aspiración disuelta. Rasgado a la mitad no sé en qué lugar quedó mi alma. Bajo las uñas cien letras entierran sus colmillos, dentro de las venas las palabras se llenan de alquitrán.
Estoy en ningún lado, distante dentro de mi cuerpo, mutilado en el tiempo. No puedo sentir mis zapatos, no puedo callar mis oÃdos, no puedo leer mi obituario.
Perezco, y sigo tan vivo que la inédita existencia me filtra entre las grietas del cemento.


