this is the last time i write, before the next.

noviembre 24, 2008

Hay unas cuantas avestruces pardas volando afuera del departamento. Cruzan el marco de la ventana exactamente a la misma altura y a la misma velocidad. Al mirarme una detrás de otra, con ese efecto de película vieja o animación cuadro a cuadro, parecen buscar que derrame una lágrima en la soledad. Esas inmensas pestañas, esos inmensos ojos, de brillo hipnótico y con lagañas de óleo pastoso arremeten contra mi pecho de manera hexagonal y anónima. Los cienpiés que albergan mis venas se han vuelto canosos y desprenden su humo de tabaco por mis fosas nasales.
Un whiskicito, barato y ácido se deja extrañar en la parte oculta de mi lengua.
El aleteo cesa y los ojos secos carentes de párpados deciden mirar hacia adentro y olvidarse de la ventana. La noche es más obscura en el interior, los gusanos están borrachos y la sangre de famoso fotografiado parece eructar en un rincón del esófago. La contaminación visual, las inmensas vallas de perfumes y películas luchan a bastonazos y machetazos contra los caballetes de talleres con textos mal escritos.
Llueve. Llueven pequeños trozos de papel, pedazos de libros, textos escolares y servilletas que la tormenta del olvido decide liberar dentro de mí.
Y allá en el fondo, olvidado por el resto de los fantasmas parezco vislumbrarme. Ciego y derrumbado frente a la silla de ruedas escarbo en el cemento de mi vientre, buscando alguna hormiga que se atreva a clavar sus colmillos en mis manos antes que mis torpes manos la aplasten.
Grito esporádicamente, llamando al caballo del llanero solitario o escupiendo una batiseñal en busca de un atisbo de correspondencia interna.
Bajo el farol de las gónadas, detrás del tumor en el hígado, puedo ver las cicatrices que se asoman inquietas. Sombras más oscuras que la noche, suma de penumbras asfixiadas que añoran las pequeñas cadenas de plata que cuelgan de mis bolsillos.
El reflejo de la noche en mis retinas altera a los pequeños Salvadores Gaviota que insisten ahora en estrellarse contra mis córneas. Encandilados por el atisbo de realidad clavan sus picos una y otra vez en mis ojos.
Me obligan a voltear la mirada de nuevo.
Los ojos siguen secos.

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